La primera vez que cambié el plano de clase a mitad de trimestre, tres alumnos me dijeron que el sorteo estaba amañado antes de que hubiera terminado de dibujar el nuevo plano en la pizarra. No estaban buscando pelea: desde donde ellos estaban sentados, un profesor decidiendo por su cuenta quién se mueve adónde se parece exactamente a un profesor decidiendo por su cuenta quién se mueve adónde. Ese es el problema real de sortear en un aula: el azar es la parte fácil, y convencer a treinta personas de que fue azar es la difícil.
Por qué importa más que parezca justo que serlo de verdad
Un sorteo genuinamente aleatorio del que sospechan que estaba arreglado no te compra nada. Van a discutir el resultado, a negociar cambios, y a tratar el siguiente sorteo también como una negociación. En cambio, un sorteo visiblemente aleatorio —aunque sea de lo más rudimentario — suele aceptarse con un resoplido y sin discusión, porque no hay nada que discutir.
En la práctica eso significa que el sorteo tiene que hacerse delante de ellos, en una sola acción continua, sin ninguna pausa en la que hubieras podido intervenir de forma verosímil. En el momento en que dices «espera, que ajusto una cosa», todo vuelve a ser una decisión tuya y has gastado el azar para nada.
Por eso mismo un plano ya impreso que repartes en la puerta sienta mal aunque lo hayas generado al azar la noche anterior. Mismo resultado, pero sin testigos.
La versión sin dispositivos: hazlo en directo, lento y a propósito
No hace falta ningún programa. Palos de polo numerados en un vaso, sacados de uno en uno sobre un plano dibujado en la pizarra, hacen el trabajo y lo hacen a la vista de todos. Es lento —de cinco a ocho minutos con un grupo de treinta —, pero esa lentitud es parte de por qué se lo creen.
Un detalle que conviene hacer bien: recorre los sitios en un orden fijo y saca los nombres al azar, no al revés. Si sacas un nombre y luego eliges dónde lo pones, te has reintroducido a ti como quien decide. Orden fijo, nombre al azar, sin excepciones.
Y anuncia la norma sobre los cambios antes de empezar a sacar, no después. «Hoy no hay cambios, volvemos a sortear en tres semanas» se acepta al principio de un sorteo y se resiente al final.
Equipos al azar y los tres amigos de siempre
El trabajo en grupo falla justo al revés que los sitios. Con los sitios, todos quieren sentarse con sus amigos. Con los equipos, la queja suele ser la contraria: el mismo racimo de siempre acaba junto una y otra vez y nadie más llega a trabajar con los que van más sobrados.
Un reparto aleatorio de un clic arregla eso solo si estás dispuesta a aceptar algún sorteo malo. A veces el azar produce un grupo de cuatro que sencillamente no puede trabajar junto, y hacer como que sí para proteger la pureza del método te cuesta una sesión entera. Mi norma: repito el sorteo de toda la clase, en voz alta y diciendo por qué —«ese grupo no va a funcionar, lo repetimos» — en lugar de mover a un alumno sin decir nada. Repetir todo a la vista sigue siendo justo; arreglar un grupo por lo bajo, no.
La otra cosa que merece la pena es variar el tamaño de los equipos de una sesión a otra en vez de tirar siempre de grupos de cuatro. Los de cuatro se parten en dos parejas con una fiabilidad pasmosa. Los de tres no, y los de cinco obligan a que alguien coordine. Si usas siempre el mismo tamaño, se acomodan siempre en los mismos papeles dentro de él.
El problema del sorteo de nombres: «a mí siempre me sacas»
Preguntar a dedo de memoria es mucho menos aleatorio de lo que parece desde delante. El profesorado saca sistemáticamente de más a quien se sienta en el centro y en las primeras filas, y de menos a las dos esquinas del fondo; y ellos detectan el patrón mucho antes que nosotros.
Un sorteo visible arregla el problema de la percepción, pero introduce otro: un sorteo realmente aleatorio va a caer alguna vez en el mismo alumno dos veces en cinco minutos, y ese alumno tendrá clarísimo que la máquina la tiene tomada con él. Ayudan dos cosas. Primero, avisa desde el principio de que puede repetirse: un sorteo que no puede repetir no es un sorteo. Segundo, en una ronda de preguntas rápidas, sortea sin reposición durante toda la ronda para que a cada uno le toque una vez, y deja las repeticiones solo para las preguntas abiertas.
El alumnado con ansiedad merece una excepción aquí. Un sorteo que puede caer sobre alguien que se bloquea de verdad cuando lo sacan no es una herramienta neutral para ese niño. Dile en privado que está fuera del bombo, o pactad una señal que signifique «paso», y no anuncies el acuerdo delante de la clase.
Cuándo no hay que sortear
- Las adaptaciones de acceso van primero. La audición, la visión, la movilidad y el sitio que necesita la PT o la AL cuando entra a apoyar no forman parte del sorteo. Fija esos sitios antes de empezar y dilo en voz alta.
- La semana antes del examen de la evaluación. Un compañero de mesa nuevo cuesta unos días de reacomodo. No los gastes justo entonces.
- Cuando dos alumnos de verdad no pueden sentarse juntos. Excluye esa pareja antes del sorteo en lugar de arreglarlo después, y si puedes, exclúyela en silencio dejando uno de los dos sitios fijado de antemano.
- La disposición de examen. Esa no tiene nada de aleatoria: es otro plano distinto, guardado aparte, con las mesas separadas.
Nombrar las excepciones en voz alta al principio refuerza el sorteo en lugar de debilitarlo. «Estos cuatro sitios están fijos por motivos que no voy a comentar, el resto es al azar» es una afirmación mucho más creíble que hacer ver que todo está en juego.
Guarda varios planos, no uno que rehaces cada vez
Casi todos los grupos necesitan tres disposiciones una y otra vez: filas normales para la explicación, islas para el trabajo en equipo y una distribución separada para los exámenes. Si mantienes un único plano y lo rehaces cada vez, gastas unos minutos en cada cambio reconstruyendo algo que ya tenías.
Guardarlos como planos distintos convierte el «colocaos para trabajar en grupo» en un cambio de vista en lugar de un sorteo nuevo. Además, así el plano de trabajo en equipo conserva los grupos que sorteaste a principio de semana, en vez de deshacerse poco a poco en los grupos de amigos de siempre según cada uno va volviendo a su sitio de costumbre.
Un detalle que en un centro español se pasa por alto y luego trae cola: si eres la tutora, el plano que fijas lo heredan el resto de profesores del equipo docente, y muchas veces se acuerda en la sesión de evaluación por motivos que no son tuyos. Antes de sortear a mitad de trimestre, avisa en el grupo del equipo docente y ten el plano anterior guardado. Si otra compañera había colocado a alguien delante por una razón, no querrás enterarte por el parte de incidencias.
Cómo resuelve SparkMyClass los sitios y los equipos
Las herramientas de aula de SparkMyClass cubren las tres piezas descritas arriba: un plano de clase que se monta arrastrando, con varias disposiciones guardadas por grupo; reparto aleatorio de equipos de un clic con repetición inmediata; y un sorteo de nombres animado.
Lo que más importa para el problema de la justicia percibida es que todo corre en la pantalla del profesor: el alumnado no necesita dispositivos, no inicia sesión y no tiene que traer nada. El sorteo pasa en el proyector, delante de todos, en una sola acción. Es la misma propiedad que tienen los palos de polo; el programa se limita a que tarde cinco segundos en vez de ocho minutos y a que puedas conservar el resultado.
Nada de esto te quita las decisiones. La herramienta sorteará tan tranquila un grupo que tú sabes que no va a funcionar. Decidir repetirlo, y hacerlo a la vista, sigue siendo cosa tuya.
Mira las herramientas de aula, o lee sobre el juego de tira y afloja para ver el mismo enfoque sin dispositivos aplicado al repaso.
Para terminar
Sortear sitios y equipos es de lo más barato que puede hacer un docente para romper los patrones sociales que se han asentado en un aula. Y falla por un motivo que no tiene nada que ver con el azar en sí: no se lo creen. Sortea en público, en una sola acción y con las excepciones dichas de antemano, y las discusiones se acaban casi del todo.